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Sin normas vinculantes, la amenaza de la basura espacial aumenta y, con ella, el riesgo de una catástrofe global.
Muy por encima de nosotros, millones de fragmentos de antiguos satélites y partes de cohetes giran alrededor de nuestro planeta a 15 veces la velocidad de una bala. Pero nadie es responsable de limpiarlos. Una sola colisión en órbita podría desencadenar una crisis global en un mundo cada vez más dependiente de los satélites – GPS, bancos, meteorología e incluso la guerra. Pero la legislación espacial deja un vacío: no hay normas claras. Para Dimitra Stefoudi, profesora asistente de derecho espacial en la Universidad de Leiden: “La basura es el problema número uno porque, según los cálculos, es un desastre que solo espera suceder”.
La amenaza oculta en órbita
La “basura espacial” se refiere a objetos creados por humanos que ya no tienen utilidad en el espacio – desde satélites fuera de servicio hasta fragmentos de misiones anteriores. Estos fragmentos suelen permanecer en órbita durante décadas. La Agencia Espacial Europea (ESA) estima que hay más de 26.000 piezas de más de 10 cm en órbita, y más de un millón superan el centímetro. Aunque pequeños, su velocidad los hace potencialmente catastróficos en caso de colisión, incluso mortales para tripulaciones.
Y el problema se empeora. Empresas como SpaceX han abaratado los lanzamientos, aumentando enormemente la cantidad de objetos en el espacio. En 2024 se lanzaron diez veces más objetos que en 2013. Hoy en día, más de 14.700 objetos (activos e inactivos) orbitan la Tierra. En la órbita baja terrestre, hasta 2.000 km de altura, miles de satélites Starlink saturan un espacio ya congestionado.

El riesgo de una reacción en cadena
Aunque estas constelaciones permiten acceso a internet en las regiones más remotas del planeta, también aumentan el riesgo de colisiones. A medida que se acumula la basura, crece el peligro de una reacción en cadena – el llamado efecto Kessler. Descrito por Don Kessler en 1978, este fenómeno consiste en que una colisión genera fragmentos que a su vez provocan nuevas colisiones, agravando exponencialmente el problema. En 2009, la teoría se volvió realidad. Un satélite estadounidense activo chocó con uno ruso inactivo, generando unas 1.800 piezas de más de 10 cm y miles de fragmentos más pequeños.
Las consecuencias podrían ser graves. Servicios esenciales como la navegación GPS, las previsiones meteorológicas y las telecomunicaciones podrían colapsar. Las actividades cotidianas, desde la respuesta a emergencias y el tráfico aéreo hasta el uso de internet y las transacciones financieras, se verían interrumpidas de inmediato. A nivel personal, los efectos también se notarían: imagina perderte sin Google Maps o no poder ir al cumpleaños de tu madre.

Leyes obsoletas bajo un cielo abarrotado
A pesar de los riesgos, el marco legal es escaso. No existe una definición jurídica universal de “basura espacial”, ni acuerdos internacionales vinculantes sobre su eliminación. Dos tratados definen la responsabilidad por daños causados por objetos espaciales, pero no exigen medidas preventivas ni limpiezas activas.
Aun así, la responsabilidad ofrece un incentivo: “Esto impulsa a países y empresas a preguntarse si algo podría ser peligroso”, dice Stefoudi. “Si nada más te preocupa, saber que algo que lances – cuando se convierta en basura – puede causar daños y que serás responsable, ya es suficiente para tomárselo en serio”.
Stefoudi subraya que las medidas deben evolucionar con la tecnología y que, en este caso, las leyes internacionales no son la mejor opción: “La basura, por ejemplo, es un área en la que no estoy segura de que un marco internacional sea útil, porque lo que hoy puede servir para mitigarla, mañana podría no ser suficiente”.
Un proceso muy lento
No se esperan nuevas leyes a corto plazo. El Comité de las Naciones Unidas para el Uso Pacífico del Espacio Ultraterrestre (COPUOS) funciona por consenso: los 102 Estados miembros deben aprobar cualquier propuesta antes de que pueda avanzar. Un obstáculo mayor.
Sin embargo, el tema no se ignora. En 1993, la ESA ayudó a fundar el Comité Coordinador Interinstitucional de Basura Espacial (IADC), integrado por agencias espaciales. En 2002, el IADC adoptó directrices para mitigar la basura espacial, que fueron respaldadas por la Asamblea General de la ONU en 2007. Aunque no son obligatorias, estas directrices recomiendan buenas prácticas como diseñar naves para reentradas controladas, evitar colisiones y desechar satélites de forma segura.
En la práctica, muchas recomendaciones se han vuelto norma: “Las directrices sobre basura, aunque no son legalmente vinculantes, se han convertido en obligatorias porque muchos países las exigen para otorgar licencias”, explica Stefoudi.

La carrera por limpiar el espacio
Más allá de la mitigación, gana fuerza la eliminación activa. En febrero de 2024, Japón lanzó la misión ADRAS-J, que se acercó con éxito a 15 metros de un cuerpo de cohete inactivo y capturó imágenes detalladas. El objetivo es desarrollar técnicas para desorbitar estos objetos de forma segura. La NASA y la ESA también están impulsando proyectos similares. La ESA contrató a la empresa suiza ClearSpace para una misión de 68 millones de euros prevista para 2029. ClearSpace-1 busca capturar y desorbitar un fragmento de basura espacial y hacerlo incinerar en la atmósfera terrestre.
Un problema similar al cambio climático
Pero el tiempo se agota. SpaceX solo planea lanzar más de 12.000 satélites a la órbita baja. Para países emergentes, que dependen de tecnologías satelitales asequibles, un desastre orbital sería devastador. Actualmente, lanzar nuevos satélites es más barato y rápido que limpiar los residuos existentes, lo que hace cada vez más real el riesgo de llegar a un punto de no retorno. Al igual que con el cambio climático, la ventana de acción se cierra rápidamente – y sin liderazgo global coordinado, podría ser demasiado tarde.
